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lunes, 26 de julio de 2021

La luz clara auto-producida

 

Abriéndose en el bardo

Pema Khandro Rinpoche| February 2, 2021

 

Siempre estamos experimentando nacimientos y muertes sucesivas. La muerte de nuestros seres amados la sentimos con mayor intensidad -sucede algo radical acerca del cambio de nuestra realidad. No tenemos opciones; no hay lugar para negociaciones, y la situación no se desvanece al racionalizarla, ni puede ser cubierta con pretensiones. Hay una ruptura total de nuestro quién-soy-yo, y somos forzados a atravesar una gran y difícil transformación.

En el luto llegamos a apreciar en su nivel más profundo lo que significa exactamente el morir, mientras seguimos vivos. El término tibetano bardo, o “estado intermedio”, no es sólo una referencia a la vida después de la muerte. También se refiere en un modo más general a aquellos momentos cuando surgen los lapsos intermedios, interrumpiendo la continuidad que, de otro modo, proyectamos en nuestras vidas. En la cultura americana, a veces nos referimos a esto como que ‘nos mueven la alfombra’, o cuando nos sentimos des-aterrizados. Estas interrupciones en nuestro sentido normal de certidumbre son a lo que se refiere el término bardo. Pero para ser preciso, bardo se refiere a aquel estado en el que hemos perdido nuestra antigua realidad y ésta ya no está disponible para nosotros.

Cualquiera que haya experimentado este tipo de pérdida sabe lo que significa ser perturbado, el ser enterrado entre la muerte y el renacimiento. A menudo llamamos a esto un estado de shock. En esos momentos perdemos nuestro afianzamiento a la antigua realidad y, sin embargo, aún no tenemos un sentido de cómo va a ser la nueva realidad. No hay un suelo firme, no hay certeza, y no hay un punto de referencia -en cierto sentido, no hay descanso. Estos siempre han sido los puntos de entrada para la religión, porque en aquellos estados radicales de irrealidad necesitamos una razón profunda -no sólo lógica-, sino algo más allá de la lógica, algo que nos hable en un modo atemporal y no conceptual. Milarepa se refería a esta perturbación como una gran maravilla, cantando desde su cueva, “El precioso cuenco que contiene mis riquezas se convierte en mi maestro justo en el momento en el que se rompe”.

Esta es la idea del Vajrayana detrás de las muertes y renacimientos sucesivos, y es el primer punto a entender: la ruptura. Entre más aprendamos a reconocer este sentido de interrupción, más dispuestos y capaces seremos de dejar ir esta noción de una realidad inherente, y permitiremos que ese cuenco precioso se deslice por nuestras manos. La ruptura está sucediendo todo el tiempo, día a día y momento a momento; de hecho, tan pronto como vemos nuestra vida en términos de muertes y renacimientos sucesivos, disolvemos la idea de un yo sólido que se aferra a una vida inherentemente real. Empezamos a ver cuán condicional es realmente el quién-soy-yo, y cómo incluso eso no nos provee de una tierra sólida y confiable sobre la cual pararnos.

En momentos como éste, si podemos lograr liberarnos del eterno aferramiento a quién somos y al cómo son las cosas -nuestro modo automático de ser- entonces podemos llegar al meollo del ser. Hasta ahora, nos hemos estado sujetando a la idea de una continuidad inherente en nuestras vidas, creando un sentido falso de comodidad para nosotros mismos sobre un suelo falso. Al hacerlo, nos hemos estado perdiendo del verdadero sabor de quiénes somos. 

 

El yo elaborado

La causa de todo el sufrimiento puede ser destilada hasta el aferrarse a una existencia ficcional y elaborada. ¿Pero qué significa esto? Si realmente llegamos a un entendimiento, entonces ya no hay un contenedor que sostenga juntos nuestros conceptos normales, que los haga coherentes. El cuenco precioso se hace añicos, y todos nuestros bienes se riegan como canicas en una mesa. La realidad como pensábamos que la conocíamos es interrumpida; de pronto se vuelve irrelevante el juego de elaborar un yo ideal.

Esto es shunyata, el cual es traducido de modos distintos, más comúnmente como “vacuidad”, pero realmente no hay un término que lo traduzca directamente en nuestro lenguaje, no hay una palabra singular o idea que pueda abarcar este medio de realidad interrumpida. Dado que “vacío” en inglés tiene connotaciones negativas, shunyata a veces es traducido como “vacuidad”, “espaciosidad abierta”, e incluso “lo ilimitado”; Nyingmapas como Longchenpa explicaron la vacuidad en términos positivos inextricablemente asociados con la presencia, la claridad y la compasión. Pero en el contexto de muerte y nacimiento, shunyata se refiere a la experiencia directa de interrupción que sentimos en el centro de nuestro ser, cuando no tiene ningún caso el uso de elaborar una seguridad artificial. 

Aquí no estamos hablando de dar por vencida nuestra preciosa vida humana, claro que no; estamos hablando de abandonar este juego sutil. Tenemos imágenes de nuestro yo ideal en un mundo ideal. Imaginamos que si tan sólo pudiéramos manipular nuestras circunstancias o a otra gente lo suficiente, entonces ese yo ideal podría ser logrado, y, mientras tanto, pretendemos tener todo bajo control. Es el juego que juntamos todo el tiempo: seguimos posponiendo nuestra aceptación de este momento para perseguir la realidad como pensamos que debería ser. 

Cuando sufrimos una perturbación, encontramos que ya no podemos seguir jugando este juego. Las enseñanzas de bardo son realmente acerca del reconocer el valor de abandonar el juego, el cual jugamos sin siquiera pensarlo dos veces. Pero cuando estamos enfermos severamente o en el hospital de cuidados paliativos, y tenemos que ceder el control de nuestras propias funciones corporales a extraños, mantener el control no es una opción.

Hay momentos como estos en nuestras vidas -así como enfrentar la muerte o incluso dar a luz- cuando no podemos manejar más nuestra imagen externa, no podemos suspendernos en búsqueda del yo ideal. Así es como es- sólo somos seres humanos, y en estos momentos de crisis simplemente no tenemos la energía para mantener el juego de control. Cuando las cosas se derrumban sólo podemos ser como somos. Las pretensiones y la lucha se van, y la vida se vuelve totalmente simple.

El valor de estos momentos es este: se nos muestra que el juego puede ser abandonado, y cuando lo hacemos, el vacío que temíamos, la vacuidad del vacío no es lo que está ahí. Lo que está ahí es el mero hecho de ser. La presencia simple permanece -inhalar y exhalar, despertarse e irse a dormir. La inevitabilidad de las circunstancias que nos rodean es tan convincente que, por el momento, nuestra complejidad cesa. Nuestra manufactura compulsiva de una existencia elaborada se detiene. Quizás en ese espacio des-aterrizado, ni siquiera nos estamos consolando, ni siquiera nos estamos diciendo que todo está bien; quizás estamos demasiado cansados para hacerlo. Es una rendición completa -estamos forzados a soltar la realidad inherente. El yo elaborado ha sido vaciado junto con la existencia elaborada, y con el circuito agotador del mantener la imagen que va junto con éstas. Lo que queda es un nuevo momento que nos encuentra espontáneamente una y otra vez.

Hay una realidad increíble que se nos abre en aquellos lapsos intermedios si no rechazamos la ruptura. De hecho, si tenemos una idea confiable de lo que está sucediendo en ese espacio intermedio y des-aterrizado, la ruptura puede convertirse en éxtasis. 

 

La presencia que emerge

Se dice que el gran terton del siglo catorce en el linaje Nyingma, Karma Lingpa, poco después de perder a su esposa y a su hijo con tan sólo unos días uno del otro, extrajo un tesoro de enseñanzas del lado de una montaña. Debido a toda la práctica espiritual que había hecho, la perturbación que él experimentó encendió una erupción volcánica de sabiduría, de la que fluyó The Self-Emergence of the Peaceful and Wrathful Deities from Enlightened Awareness [La auto-emergencia de las deidades pacíficas y airadas de la consciencia iluminada], conocido aquí en occidente como El libro tibetano de los muertos.

Ese mero acto de revelación es, en sí mismo, una enseñanza clave; es la idea de que la muerte y la pérdida son grandes maestros si podemos solamente abrirnos a la experiencia de una perturbación profunda. Así como Karma Lingpa, el encontrarnos con la muerte puede abrirnos al nivel básico del ser -crudo, sin elaboración, sin manipulación. Esa condición natural, ese estado incondicionado es al cual apunta el shunyata.

¿Qué subyace debajo de toda nuestra experiencia? Si no hay una existencia inherente a la que sujetarse, entonces, ¿cuál es la realidad última? Incluso la persona más banal ansía saber este punto; es lo que estamos buscando siempre. Es por lo que peleamos con la gente que amamos acerca de cosas irrisorias- porque esta pregunta sin responderse nos conduce a ello. Si perdemos esta batalla, ¿qué hay ahí? ¿En qué nos convertimos? Si perdemos esta relación ¿qué nos queda? ¿Quiénes somos? Si pierdo todas mis posesiones, mi trabajo, todo mi dinero, ¿entonces qué queda de mí? Si no sabemos la respuesta, entonces la pregunta se convierte en una angustia primordial que se convierte en el fondo de todo lo que decimos, hacemos y pensamos.

Así que el tercer principio que podemos aprender acerca de la muerte, el nacimiento y la reencarnación es éste: la medida en la que sabemos qué está detrás de todo -lo bueno, lo malo, lo bello y lo feo, aquello que podemos controlar, aquello que no podemos controlar- es la medida en la que nos podemos relajar. En la medida en la que sabemos que nuestra presencia de consciencia es la realidad, ésta se convierte en soportable. A medida que ganamos intimidad con la base, podemos tener sanidad incluso cuando la vida es dura, incluso cuando sabemos que una experiencia va a ser dolorosa. Piensa en cuán dispuestos estamos a soportar ese dolor por alguien a quien realmente amamos. Es así como empieza la vida, después de todo, con nuestra madre, a través del amor, soportando el dolor de dar a luz. 

¿Por qué deberíamos estar menos dispuestos a soportar el dolor de la muerte o de la pérdida, o del cambio? Si estamos en contacto con la base del ser, quizás haya facilidad y comodidad incluso en el morir. Esta base nos permite caminar en la tierra con una claridad que acomoda cualquier cosa que surge. Así que, cuando tenemos una pérdida, podemos perder. Y cuando tenemos que dejar ir, en momentos de una gran pérdida, o cuando dejamos este cuerpo, entonces algo más se vuelve posible. Esto es lo que emerge en el bardo -presencia como la base del ser. 

Lo que hace a la muerte y a la impermanencia tan dolorosas es nuestra idea de la dicotomía estricta entre la existencia y la no-existencia. Saber algo más allá de este dualismo es crucial. Al momento de la muerte, en vez de quedarnos atrapados entre las ideas de la existencia y la no-existencia, en vez de esta crisis del ser despojado de repente de todo lo que nos importaba, algo más se puede abrir por completo; tornamos nuestra atención hacia el núcleo del ser, hacia la presencia misma, experimentándose a sí misma. 

Pero cuando no estamos en crisis, se vuelve una tarea difícil el reconocer la presencia como nuestro núcleo y el aterrizar en la percepción de la experiencia misma. El hecho es que estamos disociados de nuestra verdadera naturaleza. La experimentamos todo el tiempo- en pequeñas probadas, en las brechas entre reinos, entre todas nuestras numerosas identidades y roles, e incluso entre los pensamientos- pero dado que ni siquiera la reconocemos, no sabemos cómo estar con ella, cómo descansar en ella. Nos contraemos con nuestro sentido herido del yo y con nuestros esfuerzos frenéticos por crear algo más ideal, más seguro, más definitivo. De esta manera nos experimentamos una y otra vez como ambos, confusión y sabiduría -una situación inestable y fantástica. Probamos la base aquí y allá, pero no la podemos ingerir, lo cual crea una fricción dramática, una que da pie a todos los venenos mentales como un medio de lidiar con esta disonancia cognitiva crónica entre la base abierta y el ser contraído.

Sin un modo de manejar esta experiencia, esta discontinuidad desconcertante, puntuada por perturbaciones ocasionales a la mera idea de nuestro ser, nunca sabemos si vamos a aparecer en el siguiente momento como un buda o como un demonio. Somos como dioses un momento, probando los frutos del reino, y como espíritus hambrientos el siguiente, sin siquiera poder tragarlos. Qué confuso -¡y qué fantástico! Esta confusión es la materia prima de la sabiduría. Nuestro camino es encontrar la presencia en cada una de estas experiencias. En el caso del bardo, cuando la presencia es la única cosa real que queda, si en vez de ella estamos buscando por cierta seguridad, la sabiduría puede tornarse huidiza. No es una sorpresa que la religión se vuelva tan relevante durante los tiempos de crisis; de pronto la presencia es todo lo que somos. Todo lo demás retrocede excepto lo que está justo enfrente de nosotros. Reconocer esto nos abre el potencial para experimentar la vida con conciencia de la impermanencia y la presencia que ésta ilumina. 

Así que el primer punto esencial es la ruptura. El segundo es vaciar el yo elaborado. Y el tercero es reconocer que nuestra experiencia está basada en una presencia dinámica y responsiva. Nuestro objetivo como vajra yoguis y yoguinis es conocer esa base, familiarizarnos con ella, y aprender a relajarnos en la paz inherente de no saber qué vendrá después. Cuando lo hacemos -en la medida en que lo hacemos- todo cambia. Ya no somos esclavos de la angustia primordial.

El experimentar una pérdida puede ser liberador. Cuando estamos libres de todo nuestro peso psicológico, el peso acumulado de nuestro impulso cotidiano, tenemos una oportunidad de conocer la presencia en bruto que queda. Ser un budista es dedicar nuestras vidas a morar en esa presencia impermanente, vacía y visceral. Podemos soportar con mayor facilidad aquellas pérdidas que sabemos que vamos a enfrentar inevitablemente porque nos identificamos con el hilo de consciencia que encontramos en todas ellas. Y luego, quizás, cuando la muerte se acerca, nos podemos relajar con facilidad en el campo del ser a medida que dejamos esta piel, finalmente dejamos este cuerpo, y experimentamos la liberación -estando sin defendernos en el espacio sin base.

 

El juego de la experiencia

Longchenpa describió el cuarto punto esencial como “majestuosa igualdad absoluta- el puro hecho de ser, donde la mente y las apariencias son primordialmente puras”.

El cuarto punto esencial, por decirlo de un modo sencillo, es que el mundo que producimos a partir de la pérdida puede ser creado con un corazón ligero como un estado de juego. Thinley Norbu Rinpoche escribió, “Los peces juegan en el agua. Los pájaros juegan en el cielo. Los seres ordinarios juegan en la tierra. Los seres sublimes juegan en el despliegue”.  En el estado en bruto, el estado en el que uno se rompe y se abre, este lugar donde dejamos ir todos los juegos, hay, de hecho, una gran sensación de alivio disponible para nosotros, un reconocimiento de que no tenemos que hacer más eso que hacíamos, o ser aquello. Cuando alguien muere, ¿no vemos de pronto cuán irreales son muchas cosas y cuán visceral es el espacio que está presente? Puede haber una sensación de llegar al corazón de las cosas, a una yuxtaposición de lo real y lo irreal. Esa es la belleza de no aferrarse a una realidad inherente. Si podemos encontrar maneras de romper con nuestro propio hábito de aferrarnos a nuestra historia de continuidad, de despojarnos de todo eso -sin tener que esperar hasta perder a un ser amado, o recibir un diagnóstico terminal de un doctor, o acostarse en esa camilla- entonces lo que encontramos ahí, en cualquier momento desnudo es un sentido de juego, instantáneo y creativo. Es esta energía en bruto la que le habló directamente a Longchenpa: “Todo lo que es -creatividad universal, presencia pura y total- me tiene como su raíz. El modo en el que las cosas aparecen es mi ser. El modo en el que las cosas surgen es mi manifestación”.

Emergiendo del bardo, volvemos a entrar al flujo de la vida con un nuevo sentido de ausencia de suelo: está claro que “más tarde” no siempre es un lujo que estará a nuestra disposición; también estamos desconectados del pasado. Eso vuelve al ahora sucintamente disponible. La perspectiva ganada en el bardo corta a través de preocupaciones insignificantes. Corta a través de las ilusiones de tal modo que cualquier cosa que contactamos, lo hacemos con una presencia en bruto, sin la negación de la impermanencia. Mientras permanezcamos en este estado iluminado, y aún recordemos que el aferrarnos es fútil, un nuevo tipo de apertura se vuelve disponible para nosotros. Hemos perdido nuestras ilusiones; amar y vivir ahora es hacerlo con nada que perder porque, por el momento, lo que realmente importaba ya se perdió. 

La idea Vajrayana de la muerte, el nacimiento y la reencarnación no se trata solamente de prepararnos para la muerte física, o para enfrentar la pérdida de nuestros seres amados con rituales y oraciones, o para tener la actitud correcta al sufrir el duelo y la pena. Es la mensajera de nuestro ser libre de elaboración, llevándonos al espacio básico del ser puro. Nos muestra lo que viene tras la ruptura. Lo que quizás sea la cosa más conmovedora sobre la pérdida de un ser amado es que después de que se ha ido, la vida simplemente sigue. Simplemente sigue su curso.

La muerte está conectada al renacimiento. La ruptura del bardo inevitablemente nos guía a lo que viene después. Si apreciamos estas muertes y renacimientos sucesivos en nuestras vidas, entonces podemos valorar el bardo por lo que es -la pausa que hace el movimiento aparente, el silencio que hace que todos los sonidos sean más vívidos, el final que aclara lo que justamente ahora vamos a empezar. La impermanencia no sólo es una iluminadora de la pérdida. Es una iluminadora de lo nuevo, del momento presente que se despliega incesantemente y de su creatividad.

Tradicionalmente, tenemos tres posibilidades diferentes para lo que sucede después de la muerte. Está el modo standard de renacimiento con todo esto acumulado, capas voluminosas de propensiones kármicas. También está el tipo de reencarnación que seres enormemente compasivos, así como el Dalai Lama y el Karmapa, conscientemente escogen para el más alto beneficio de los seres sintientes en este mundo. Pero también hay algo más: esta creatividad más impersonal e incesante que se sigue multiplicando en modos lúdicos de ser, como la imágen del Avatamsaka Sutra de un buda radiante rebosando budas por cada poro de su ser, y de cada poro de cada uno de esos budas, más budas dan paso a otros universos completos del ser. Esto es la verdadera compasión, una capacidad de respuesta total a lo que está aquí.

Ese es el tipo de vida después de la muerte que los practicantes Vajrayana ensayan en el yoga de deidades. Es una práctica de morir al yo elaborado para surgir en el espacio creativo de la presencia momentánea. Está cobrando vida, emergiendo con su creatividad pura y primordial en juego en los campos que se suceden de identidades vacías. Es un tipo de regeneración, un reciclaje total, un completo emerger y re-emerger. 

Es un campo cambiante, porque la compasión responsiva no es estática; nunca nos metemos al mismo río dos veces. Pero esto no significa que no hay nada ahí. Tampoco es que haya algo ahí -pero no es nada. Longchenpa lo llama la “luz clara auto-originada” y dice que en esta luz, “lo que aparece no se hace concreto ni se le puede enganchar, porque lo que aparece nunca se convierte en lo que parece ser y es intrínsecamente libre”. ¿Ves? No es sólo otra construcción. Es la base que no necesita ser elaborada o mantenida. Es la experiencia misma. 

 

ACERCA DE PEMA KHANDRO RINPOCHE

Pema Khandro Rinpoche es una tulku reconocida en los linajes Nyingma y Kagyu. Es la fundadora de Ngakpa International y del MahaSiddha Center en Berkeley, California. 

 

https://www.lionsroar.com/abriendose-en-el-bardo/?goal=0_1988ee44b2-ed5d82cdaf-21582913&mc_cid=ed5d82cdaf&mc_eid=f6d3cb8ac9         

jueves, 8 de diciembre de 2016

Aprendiendo mediante la experiencia


Tarthang Tulku



La meditación es una manera de abrir nuestra vida a la riqueza de la experiencia, no una práctica esotérica limitada a ciertos tiempos y lugares. Que vivamos en la quietud del campo o en el alboroto de la ciudad, la meditación puede convertirse en un estilo de vida. En este tipo de meditación aprendemos a abarcar y a aprender de todas nuestras experiencias.

Sin embargo, este tipo de meditación que todo lo abarca no es  tan  fácil  como  suena,  porque  supone  un  estado  de consciencia  en  todo  lo  que  hacemos.  Todo  se  incluye  en  la meditación:  desde  el  simple  acto  de  levantarse  cada  mañana hasta nuestros sueños nocturnos. Aprendemos a abrir nuestros sentidos a cada matiz de la experiencia, conscientes, incluso, de los más mínimos aspectos de nuestra vida, tales como la forma en que caminamos y cómo hablamos con los demás. De esta manera  aprendemos  a  abrirnos  a  la  verdad  de  nuestra experiencia.  Cómo  vivimos,  qué  está  sucediendo  en  nuestra vida,  cómo  nos  afecta  nuestra  experiencia  -éste  es  el fundamento  de  la  realidad,  y  la  fuente  de  la  consciencia espiritual.

Es posible cultivar esta consciencia en todos los aspectos de nuestra vida -en el trabajo, en nuestras relaciones, e incluso en nuestras  habilidades.  Todos estos son maestros  potenciales  a los cuales podemos abrirnos y de quienes podemos aprender cuando vemos las posibilidades de crecimiento que existen en todo lo que hacemos. A  medida que aprendemos  de  nuestra experiencia, nuestro aprecio por la vida aumenta; nuestros sentidos se vuelven más agudos; nuestra mente se vuelve más clara y más perceptiva. Desarrollar la  consciencia,  la  concentración,  la honestidad, la compasión  y  la  apertura  puede  volverse  una  experiencia reveladora que no sólo nos beneficiará a nosotros mismos sino que creará en nosotros cualidades que pueden servir de guía a quienes nos rodean.

A  medida  que  nuestra  consciencia  se  desarrolla,  todo nuestro marco de referencia se va transformando. Podemos ver la interrelación que hay entre el pensamiento y la acción, y, en consecuencia,  tenemos  más  sensibilidad  al  comunicarnos  con los  demás.  Nuestras  observaciones  penetran  a  niveles  más profundos: descubrimos cómo se producen los sentimientos y cómo funciona el pensamiento. Cuando nuestra consciencia se desarrolla  más  aún,  podemos  incluso  percibir  el  vínculo  que hay entre el pasado, el presente y el futuro, y, en consecuencia, aprender a dirigir nuestras acciones de manera tal que nuestra vida nos satisfaga y sea plena.

Sin embargo, al comienzo nuestra visión es limitada: no es fácil  saber  cuáles  serán  los  resultados  de  nuestras  acciones. Podemos  seguir  las  directrices  de  la  sociedad,  pero  pocas  de ellas han sido creadas con algo más que un propósito miope y con un resultado a la vista. Así, pues, aunque los resultados de nuestras  acciones  puedan  parecer  buenos  en  determinado momento,  a  la  larga  pueden  ser  dañinos.  Entonces,  en  un momento  de  frustración,  podemos  forzar  las  situaciones  y empeorar el resultado.

Cuando  estamos  conscientes  se  abre  nuestra  visión  hacia una  acción  más  constructiva;  y  la  paciencia  permite  que nuestra nueva visión funcione. La paciencia actúa en silencio, como  un  agente  secreto,  y  nos  protege  de  caer  en  la  acción inútil  y  en  el  desespero.  Cuando  conscientemente desarrollamos la paciencia, ésta puede volverse una respuesta natural y apropiada a cada nueva situación; nos fortalecemos aun para las circunstancias más difíciles.

Cuando la  paciencia  se  desarrolla  intensamente,  la consciencia aparece incluso en nuestros aspectos negativos, y de esa consciencia viene nuestra meditación. Vemos que todo lo que sucede es una manifestación de la energía, la cual es, en sí misma, una forma de  consciencia,  y  nos  damos  cuenta  de que toda experiencia, durante todas las veinticuatro horas del día,  es  parte  de  la  naturaleza  de  la  revelación.[1]   A  esta consciencia  pueden  llegar  todos  los  que  la  buscan;  siempre puede  llegarse  a  ella  ahondando  en  la  naturaleza  de  la experiencia.  Nuestra  experiencia  puede  llevarnos  mucho  más allá de nuestra manera usual de pensar, de ver y de ser. Puede llevarnos a la misma revelación.

Cuando llegamos a un estado de verdadera consciencia, nos volvemos como flores de loto: el loto es puro y bello, aunque crece  en  el  fango.  Una  vez  que  somos  conscientes,  podemos funcionar  adecuadamente  aun  en  medio  de  la  confusión  del mundo.  Nuestra  actitud  positiva  nos  beneficia  a  nosotros  y beneficia a los demás; vivimos la verdad que hemos adquirido.

El samsara[2] es como una fruta venenosa. Nos la comemos con gusto, pero al final nos ha de matar, a menos que podamos transmutar su veneno. Nada relacionado con el samsara puede, finalmente,  darnos  libertad  y  felicidad  o  verdaderamente satisfacer  nuestros  deseos.  Pero  cuando  vivimos conscientemente,  el  veneno  no  nos  hace  daño  porque  el nirvana[3] puede ser vivido dentro del samsara. Son lo mismo.

Sin embargo, esto puede ser muy difícil de comprender si no sabemos  primero  cómo  transmutar  las  emociones  y  cómo superar nuestros obstáculos. Cuando estemos en capacidad de hacer  esto,  entonces  todo  lo  que  hagamos  nos  será  útil;  pero hasta que esto ocurra, aunque muchas de nuestras actividades nos puedan parecer satisfactorias, sólo estaremos acumulando karma -más necesidades y más obstáculos.

Estudiante: Pero usted ha dicho que no debemos evitar ninguna experiencia.

Rinpoche:  Esto  es  verdad  cuando  nos  volvemos  más conscientes,  cuando  somos  lo  suficientemente  fuertes  como para darnos cuenta de las consecuencias de nuestros actos. Pero primero  tenemos  que  aprender  cómo  funciona  el  samsara, cómo acumulamos dolor y frustración. Comenzamos a darnos cuenta de que no hay paz, no hay placer, no hay nada deseable en  nuestra  manera  de  vivir,  y  de  que  nuestra  experiencia,  de una manera o de otra, siempre se echa a perder por la preocupación,  la  culpa  o  la  ansiedad.  Cuando  nos  damos  cuenta  de esto, vemos que no hay otra alternativa que despertar. Ya no podemos volver a nuestra ignorancia.

Estudiante: Sin embargo, creo que tenemos que desempeñar un papel  en  la  vida  y  que  la  mayoría  de  nosotros  no  podemos escaparnos de  estar  en  el  mundo.  No  podemos,  simplemente, alejarnos de todo. En el mundo occidental, los aspectos legales hacen que esto sea imposible.

Rinpoche: Por eso tenemos que aceptar la responsabilidad de nuestros  compromisos  y de  nuestro karma. Que seamos  o no seamos libres depende de nuestro punto de vista y de nuestra manera  de  trabajar  en  el  mundo.  Podemos  aprender  a transformar  las  situaciones  negativas.  Podemos  decir  que  el  samsara  es  nuestro  campo  de  entrenamiento.  Sin  embargo, Buda enseñó que el samsara no nos deja paz. Debemos sufrir, envejecer  y,  con  el  tiempo,  morir.  Todo  el  mundo  tiene  que pasar por esto, pero muy pocos pueden aceptar esta verdad. La impermanencia  es  una  de  las  causas  del  sufrimiento,  y  la ansiedad  mental  puede  parecer  aun  más  dolorosa  que  la enfermedad física. Incluso el monasterio o el templo más bello, o el cuerpo humano más hermoso pertenece al samsara, y será destruido.

Estudiante:  Pero  incluso  si  nada  perdura,  parece  importante gozar de la flor o probar todo aquello que no es permanente, mientras dura.

Rinpoche: Sí, nuestro cuerpo es como una casa alquilada, y a menos  que  lo  usemos,  no  tiene  ningún  valor  para  nosotros. Pero  es  importante  saber  utilizar  nuestra  vida constructivamente.  La  vida  es  temporal  y  muy  valiosa.  No tenemos  mucho  tiempo  para  perder.  Podemos  utilizar  bien nuestra  vida...  o  perder  el  tiempo  buscando  placeres  y satisfacciones  que  simplemente  aumentan  nuestros  deseos  y nuestra frustración cuando no podemos alcanzarlos. Como las abejas, podemos ir de flor en flor; pero ¿qué haremos cuando todas  las  flores  se  hayan  marchitado?  Si  aprendemos  a  estar satisfechos en todo momento, jamás perderemos el tiempo.

Estudiante: Aun así, no veo cómo podemos tender un puente entre ignorar o rechazar el mundo, y hacer que nuestro camino espiritual sea parte del mundo y ayude a los demás -el ideal del Bodhisattva.

Rinpoche:  Debemos  tener  la  capacidad  de  aplicar  nuestras teorías  y  la  capacidad  de  trascender  el  ego,  aunque  sea  muy difícil prescindir de él. Es posible que podamos hacerlo durante dos  minutos,  pero  ¿cómo  podemos  funcionar  sin  ego  durante toda una vida, o simplemente durante un día? Buda tenía una gran comprensión de la mente en todos sus niveles y etapas de desarrollo; por consiguiente, sus enseñanzas no se limitan a un solo camino; tienen muchos aspectos. Una enseñanza puede ser una práctica elemental para una persona, y,  sin  embargo,  una  instrucción  más  avanzada  para  otra. También  hay  muchas  otras  enseñanzas  ‘internas’  que  se comprenden  según  la  experiencia  y  la  comprensión  de  cada individuo.

Estudiante:  Cuando  decido  mirar  el  mundo  desde  la  perspectiva  de  mi  ego  y  de  mi  identidad,  puedo  ver  que  yo  he creado las situaciones que me rodean.

Rinpoche:  Bien.  Pero,  entonces,  ¿cuál  es  su  situación  y  qué hace usted al respecto?

Estudiante:  Mi  ideal,  y  a  veces  mi  acción,  es  obrar  correctamente por amor y por comprensión.

Rinpoche:  Pero  para  obrar  correctamente,  usted  debe  estar consciente en cada momento. ¿Cómo comenzar?

Estudiante: Hay que hacerlo todo el tiempo.

Rinpoche: Sí,  pero  eso  es  muy  difícil.  Sólo  una  persona  que haya  llegado  a  un  alto  grado  de  despertamiento  puede  obrar correctamente con cada uno de sus pensamientos. No muchos pueden hacerlo. Es posible que estemos creciendo en sabiduría y  en  conocimiento  cada  día,  pero  aun  así,  el  proceso  tarda mucho tiempo y cuesta mucho trabajo. Esto tiene que ser más importante para nosotros que cualquier otra cosa.

    Su  actitud  es  muy  positiva,  y  no  quiero  desalentarlo,  pero incluso  el  Mahayana  dice  que  lograr  la  iluminación,  o despertarse,  tarda  treinta  y  tres  kalpas.[4] Podemos  ver  la importancia  de  actuar  correctamente  siempre,  e  incluso  tratar de hacerlo, pero nuestros apegos todavía son un obstáculo. A veces nuestra boca es más rápida que nuestro corazón.

   Sin embargo, de acuerdo con el Mahayana, una vez que el  deseo  inicial  de  despertar  aparece  en  nosotros,  algo  pasa inconscientemente dentro de nosotros. Al principio es posible que  vayamos  en  contra  de  este  deseo  y  creemos  más sufrimiento, pero es a través de este sufrimiento como podemos eliminar muchos obstáculos y despertar.

   Una  vez  que  comencemos  a  buscar  el  despertar,  no  hay manera de echar pie atrás; la influencia positiva de este deseo de  despertar  es  muy  grande.  Pero  tenemos  que  aprender  a proceder  más  eficazmente.  Nuestras  intenciones  pueden  ser buenas, pero llevarlas a cabo puede ser difícil. ¿Qué hacer con su apego a la comida, a las diversiones o al amor?

Estudiante: He comenzado a aprender a desapegarme de todo eso.

Rinpoche: ¿Usted  lo  rechaza?  ¿Cómo  se  manifiesta  su desapego?

Estudiante: Es una actitud...

Rinpoche: Su insatisfacción quizá lo está llevando a renunciar a aquello  que  realmente  no  le  place.  La  insatisfacción  es  muy diferente del desapego. Es muy fácil renunciar a algo que no nos  satisface,  pero  es  difícil  renunciar  a  otras  cosas.  Comer, dormir y divertirnos es muy importante para nosotros. Si nos privamos del placer, entonces ¿qué tenemos?

    El mundo siempre está con nosotros, pero no sabemos qué nos  traerá  el  mundo  mañana: siempre  está  cambiando. Podemos estar felices, o dichosos o sufriendo y doloridos. En otras  palabras,  no  podemos  estar  seguros  de  que  nuestros sentimientos se mantengan en igual tónica de un día para otro. Es posible que mañana sea un día lleno de paz y que usted se sienta feliz.

Estudiante: A veces, cuando me siento a meditar, la meditación no  parece  tan  importante.  El  mundo  parece  más  importante. ¿Por qué?

Rinpoche: El mundo sí es importante -usted tiene que ayudar. Trate  de  no  refugiarse  en  su  meditación,  sino  de  proyectarse hacia  los  demás.  Cuando  hacemos  de  la  compasión  nuestra práctica, nos llenamos de gozo.

Estudiante: Entonces haga lo que haga, todo es samsara. 

Rinpoche: Tal vez eso es todo lo que hay.

Estudiante: Lo que estoy encontrando es que la forma en que he estado viviendo y las cosas que he estado haciendo, en el mejor de los casos, me dejan vacío. 

Rinpoche: Sí. En el fondo, todo es vacío. Ésa es la enseñanza básica,  pero  este  punto  de  vista  no  es,  necesariamente, negativo. El budismo no es una filosofía negativa. Al hablar del sufrimiento, el budismo sólo trata las cosas tal como son. Las enseñanzas  nos  aconsejan  que  entendamos  a  fondo  nuestro sufrimiento para que no lo necesitemos más.

    Con frecuencia nosotros mismos nos impedimos ver nuestra situación con claridad; no queremos aceptar la responsabilidad de  nuestros  actos,  o  nos  da  miedo  cambiar,  porque  es demasiado amenazante para nuestra seguridad. El sufrimiento puede ser el único camino para despertarnos y ver claramente la  naturaleza  samsárica  de  nuestra  condición.  Cuanto  más dispuestos  estemos  a  admitir  la  realidad  del  sufrimiento  en nuestra vida, más necesario es hacer algo al respecto.

Estudiante:  Nosotros  somos  occidentales  y  no  tenemos  un modelo  tradicional  para  entender  todo  esto.  ¿Cómo  podemos obtener la apertura que necesitamos simplemente para vivir en sociedad?

Rinpoche:  Yo  creo  que  los  occidentales  pueden  entender  de inmediato  muchas  de  las  enseñanzas  básicas  de  Buda  porque sufren  de  una  gran  insatisfacción.  Podemos  entender muchísimo simplemente estudiando las experiencias de nuestra propia vida. Buda mismo adquirió sabiduría a través del curso natural de la vida, pero en esa forma se gasta mucho tiempo, de modo que podríamos aprovechar las enseñanzas de Buda. Sin embargo,  los  occidentales  suelen  tener  la  idea  de  que  el budismo es una ‘religión’, que uno tiene que creer ciegamente, sin  entender;  que  uno  tiene  que  seguir  las  reglas  de  otra persona.  Pero  esto  es  un  error:  el  budismo  o  el  dharma*  es realmente  el  entendimiento  de  la  realidad;  y  es  verificable  a través de nuestra propia experiencia.

Estudiante: Me parece que me estoy estudiando a mí mismo, no estudiando una religión.

Rinpoche: Por esa razón, el dharma de Buda puede aplicarse a todo el mundo. Todos los seres humanos tienen la oportunidad de  experimentar  por  sí  mismos  la  verdad  de  lo  que  Buda descubrió.

Tomado de: Abra su mente. Autoconocimiento y paz interior mediante la meditación. P. 12-16. Ed. Norma

Tarthang Tulku, nació en 1934, recibió desde muy joven un intenso entrenamiento en filosofía y práctica Budista en el Tíbet. Desde 1962 a 1968 enseñó filosofía en la universidad Sánscrita de la India. Los últimos treinta años, ha vivido y trabajado en Estados Unidos. Es autor de quince libros y fundador de Dharma Publishing, Dharma Press, Institutos Nyingma, Centro de Odiyan, y la Ceremonia por la Paz en el Mundo.



[1]  En la tradición budista se usa la palabra iluminación. Esta iluminación  es  la  revelación  de  nuestra  realidad  original, oculta por la ignorancia en que vive el ser humano hasta esta experiencia.  Por  el  aspecto  maravilloso  que  puede  tener  la palabra  iluminación,  preferimos  usar,  en  la  mayoría  de  los casos, en nuestra traducción la palabra revelación - se revela lo que nos era desconocido -. o despertar -, despertarse de la ignorancia (N. del Trad.).

[2]  Los ciclos indefinidamente repetidos de nacimiento, vida de sufrimiento y muerte (N. del Trad.).

[3]  El  estado  que  trasciende  el  sufrimiento,  el  karma  y  el samsara  y  que  se  busca,  especialmente  en  el  budismo,  a través de la extinción del deseo y de la consciencia individual (N. del Trad.).

[4] Período en que, de acuerdo con la cosmología hindú, el universo pasa por un ciclo de creación y destrucción (N. del Trad.)