Abriéndose en el bardo
Pema Khandro Rinpoche| February 2, 2021
Siempre estamos experimentando nacimientos y muertes
sucesivas. La muerte de nuestros seres amados la sentimos con mayor intensidad
-sucede algo radical acerca del cambio de nuestra realidad. No tenemos
opciones; no hay lugar para negociaciones, y la situación no se desvanece al
racionalizarla, ni puede ser cubierta con pretensiones. Hay una ruptura total
de nuestro quién-soy-yo, y somos forzados a atravesar una gran y difícil
transformación.
En el luto llegamos a apreciar en su nivel más
profundo lo que significa exactamente el morir, mientras seguimos vivos. El
término tibetano bardo, o “estado intermedio”, no es sólo una referencia a la
vida después de la muerte. También se refiere en un modo más general a aquellos
momentos cuando surgen los lapsos intermedios, interrumpiendo la continuidad
que, de otro modo, proyectamos en nuestras vidas. En la cultura americana, a
veces nos referimos a esto como que ‘nos mueven la alfombra’, o cuando nos
sentimos des-aterrizados. Estas interrupciones en nuestro sentido normal de
certidumbre son a lo que se refiere el término bardo. Pero para ser preciso,
bardo se refiere a aquel estado en el que hemos perdido nuestra antigua
realidad y ésta ya no está disponible para nosotros.
Cualquiera que haya experimentado este tipo de pérdida
sabe lo que significa ser perturbado, el ser enterrado entre la muerte y el
renacimiento. A menudo llamamos a esto un estado de shock. En esos momentos
perdemos nuestro afianzamiento a la antigua realidad y, sin embargo, aún no
tenemos un sentido de cómo va a ser la nueva realidad. No hay un suelo firme,
no hay certeza, y no hay un punto de referencia -en cierto sentido, no hay
descanso. Estos siempre han sido los puntos de entrada para la religión, porque
en aquellos estados radicales de irrealidad necesitamos una razón profunda -no
sólo lógica-, sino algo más allá de la lógica, algo que nos hable en un modo
atemporal y no conceptual. Milarepa se refería a esta perturbación como una
gran maravilla, cantando desde su cueva, “El precioso cuenco que contiene mis
riquezas se convierte en mi maestro justo en el momento en el que se rompe”.
Esta es la idea del Vajrayana detrás de las muertes y
renacimientos sucesivos, y es el primer punto a entender: la ruptura. Entre más
aprendamos a reconocer este sentido de interrupción, más dispuestos y capaces
seremos de dejar ir esta noción de una realidad inherente, y permitiremos que
ese cuenco precioso se deslice por nuestras manos. La ruptura está sucediendo
todo el tiempo, día a día y momento a momento; de hecho, tan pronto como vemos
nuestra vida en términos de muertes y renacimientos sucesivos, disolvemos la
idea de un yo sólido que se aferra a una vida inherentemente real. Empezamos a
ver cuán condicional es realmente el quién-soy-yo, y cómo incluso eso no nos
provee de una tierra sólida y confiable sobre la cual pararnos.
En momentos como éste, si podemos lograr liberarnos
del eterno aferramiento a quién somos y al cómo son las cosas -nuestro modo
automático de ser- entonces podemos llegar al meollo del ser. Hasta ahora, nos
hemos estado sujetando a la idea de una continuidad inherente en nuestras
vidas, creando un sentido falso de comodidad para nosotros mismos sobre un
suelo falso. Al hacerlo, nos hemos estado perdiendo del verdadero sabor de
quiénes somos.
El yo elaborado
La causa de todo el sufrimiento puede ser destilada
hasta el aferrarse a una existencia ficcional y elaborada. ¿Pero qué significa
esto? Si realmente llegamos a un entendimiento, entonces ya no hay un
contenedor que sostenga juntos nuestros conceptos normales, que los haga
coherentes. El cuenco precioso se hace añicos, y todos nuestros bienes se
riegan como canicas en una mesa. La realidad como pensábamos que la conocíamos
es interrumpida; de pronto se vuelve irrelevante el juego de elaborar un yo
ideal.
Esto es shunyata, el cual es traducido de modos
distintos, más comúnmente como “vacuidad”, pero realmente no hay un término que
lo traduzca directamente en nuestro lenguaje, no hay una palabra singular o
idea que pueda abarcar este medio de realidad interrumpida. Dado que “vacío” en
inglés tiene connotaciones negativas, shunyata a veces es traducido como
“vacuidad”, “espaciosidad abierta”, e incluso “lo ilimitado”; Nyingmapas como
Longchenpa explicaron la vacuidad en términos positivos inextricablemente
asociados con la presencia, la claridad y la compasión. Pero en el contexto de
muerte y nacimiento, shunyata se refiere a la experiencia directa de
interrupción que sentimos en el centro de nuestro ser, cuando no tiene ningún
caso el uso de elaborar una seguridad artificial.
Aquí no estamos hablando de dar por vencida nuestra
preciosa vida humana, claro que no; estamos hablando de abandonar este juego
sutil. Tenemos imágenes de nuestro yo ideal en un mundo ideal. Imaginamos que
si tan sólo pudiéramos manipular nuestras circunstancias o a otra gente lo
suficiente, entonces ese yo ideal podría ser logrado, y, mientras tanto,
pretendemos tener todo bajo control. Es el juego que juntamos todo el tiempo:
seguimos posponiendo nuestra aceptación de este momento para perseguir la
realidad como pensamos que debería ser.
Cuando sufrimos una perturbación, encontramos que ya
no podemos seguir jugando este juego. Las enseñanzas de bardo son realmente
acerca del reconocer el valor de abandonar el juego, el cual jugamos sin
siquiera pensarlo dos veces. Pero cuando estamos enfermos severamente o en el
hospital de cuidados paliativos, y tenemos que ceder el control de nuestras
propias funciones corporales a extraños, mantener el control no es una opción.
Hay momentos como estos en nuestras vidas -así como
enfrentar la muerte o incluso dar a luz- cuando no podemos manejar más nuestra
imagen externa, no podemos suspendernos en búsqueda del yo ideal. Así es como
es- sólo somos seres humanos, y en estos momentos de crisis simplemente no
tenemos la energía para mantener el juego de control. Cuando las cosas se
derrumban sólo podemos ser como somos. Las pretensiones y la lucha se van, y la
vida se vuelve totalmente simple.
El valor de estos momentos es este: se nos muestra que
el juego puede ser abandonado, y cuando lo hacemos, el vacío que temíamos, la
vacuidad del vacío no es lo que está ahí. Lo que está ahí es el mero hecho de
ser. La presencia simple permanece -inhalar y exhalar, despertarse e irse a
dormir. La inevitabilidad de las circunstancias que nos rodean es tan
convincente que, por el momento, nuestra complejidad cesa. Nuestra manufactura
compulsiva de una existencia elaborada se detiene. Quizás en ese espacio
des-aterrizado, ni siquiera nos estamos consolando, ni siquiera nos estamos
diciendo que todo está bien; quizás estamos demasiado cansados para hacerlo. Es
una rendición completa -estamos forzados a soltar la realidad inherente. El yo
elaborado ha sido vaciado junto con la existencia elaborada, y con el circuito
agotador del mantener la imagen que va junto con éstas. Lo que queda es un
nuevo momento que nos encuentra espontáneamente una y otra vez.
Hay una realidad increíble que se nos abre en aquellos
lapsos intermedios si no rechazamos la ruptura. De hecho, si tenemos una idea
confiable de lo que está sucediendo en ese espacio intermedio y des-aterrizado,
la ruptura puede convertirse en éxtasis.
La presencia que emerge
Se dice que el gran terton del siglo catorce en el
linaje Nyingma, Karma Lingpa, poco después de perder a su esposa y a su hijo
con tan sólo unos días uno del otro, extrajo un tesoro de enseñanzas del lado
de una montaña. Debido a toda la práctica espiritual que había hecho, la
perturbación que él experimentó encendió una erupción volcánica de sabiduría,
de la que fluyó The Self-Emergence of the Peaceful and Wrathful Deities from
Enlightened Awareness [La auto-emergencia de las deidades pacíficas y airadas
de la consciencia iluminada], conocido aquí en occidente como El libro tibetano de los muertos.
Ese mero acto de revelación es, en sí mismo, una
enseñanza clave; es la idea de que la muerte y la pérdida son grandes maestros
si podemos solamente abrirnos a la experiencia de una perturbación profunda.
Así como Karma Lingpa, el encontrarnos con la muerte puede abrirnos al nivel
básico del ser -crudo, sin elaboración, sin manipulación. Esa condición
natural, ese estado incondicionado es al cual apunta el shunyata.
¿Qué subyace debajo de toda nuestra experiencia? Si no
hay una existencia inherente a la que sujetarse, entonces, ¿cuál es la realidad
última? Incluso la persona más banal ansía saber este punto; es lo que estamos
buscando siempre. Es por lo que peleamos con la gente que amamos acerca de
cosas irrisorias- porque esta pregunta sin responderse nos conduce a ello. Si
perdemos esta batalla, ¿qué hay ahí? ¿En qué nos convertimos? Si perdemos esta
relación ¿qué nos queda? ¿Quiénes somos? Si pierdo todas mis posesiones, mi
trabajo, todo mi dinero, ¿entonces qué queda de mí? Si no sabemos la respuesta,
entonces la pregunta se convierte en una angustia primordial que se convierte
en el fondo de todo lo que decimos, hacemos y pensamos.
Así que el tercer principio que podemos aprender
acerca de la muerte, el nacimiento y la reencarnación es éste: la medida en la
que sabemos qué está detrás de todo -lo bueno, lo malo, lo bello y lo feo,
aquello que podemos controlar, aquello que no podemos controlar- es la medida en
la que nos podemos relajar. En la medida en la que sabemos que nuestra
presencia de consciencia es la realidad, ésta se convierte en soportable. A
medida que ganamos intimidad con la base, podemos tener sanidad incluso cuando
la vida es dura, incluso cuando sabemos que una experiencia va a ser dolorosa.
Piensa en cuán dispuestos estamos a soportar ese dolor por alguien a quien
realmente amamos. Es así como empieza la vida, después de todo, con nuestra
madre, a través del amor, soportando el dolor de dar a luz.
¿Por qué deberíamos estar menos dispuestos a soportar
el dolor de la muerte o de la pérdida, o del cambio? Si estamos en contacto con
la base del ser, quizás haya facilidad y comodidad incluso en el morir. Esta
base nos permite caminar en la tierra con una claridad que acomoda cualquier
cosa que surge. Así que, cuando tenemos una pérdida, podemos perder. Y cuando
tenemos que dejar ir, en momentos de una gran pérdida, o cuando dejamos este
cuerpo, entonces algo más se vuelve posible. Esto es lo que emerge en el bardo
-presencia como la base del ser.
Lo que hace a la muerte y a la impermanencia tan
dolorosas es nuestra idea de la dicotomía estricta entre la existencia y la
no-existencia. Saber algo más allá de este dualismo es crucial. Al momento de
la muerte, en vez de quedarnos atrapados entre las ideas de la existencia y la
no-existencia, en vez de esta crisis del ser despojado de repente de todo lo
que nos importaba, algo más se puede abrir por completo; tornamos nuestra
atención hacia el núcleo del ser, hacia la presencia misma, experimentándose a
sí misma.
Pero cuando no estamos en crisis, se vuelve una tarea
difícil el reconocer la presencia como nuestro núcleo y el aterrizar en la
percepción de la experiencia misma. El hecho es que estamos disociados de
nuestra verdadera naturaleza. La experimentamos todo el tiempo- en pequeñas
probadas, en las brechas entre reinos, entre todas nuestras numerosas
identidades y roles, e incluso entre los pensamientos- pero dado que ni
siquiera la reconocemos, no sabemos cómo estar con ella, cómo descansar en
ella. Nos contraemos con nuestro sentido herido del yo y con nuestros esfuerzos
frenéticos por crear algo más ideal, más seguro, más definitivo. De esta manera
nos experimentamos una y otra vez como ambos, confusión y sabiduría -una
situación inestable y fantástica. Probamos la base aquí y allá, pero no la
podemos ingerir, lo cual crea una fricción dramática, una que da pie a todos
los venenos mentales como un medio de lidiar con esta disonancia cognitiva
crónica entre la base abierta y el ser contraído.
Sin un modo de manejar esta experiencia, esta discontinuidad
desconcertante, puntuada por perturbaciones ocasionales a la mera idea de
nuestro ser, nunca sabemos si vamos a aparecer en el siguiente momento como un
buda o como un demonio. Somos como dioses un momento, probando los frutos del
reino, y como espíritus hambrientos el siguiente, sin siquiera poder tragarlos.
Qué confuso -¡y qué fantástico! Esta confusión es la materia prima de la
sabiduría. Nuestro camino es encontrar la presencia en cada una de estas
experiencias. En el caso del bardo, cuando la presencia es la única cosa real
que queda, si en vez de ella estamos buscando por cierta seguridad, la
sabiduría puede tornarse huidiza. No es una sorpresa que la religión se vuelva
tan relevante durante los tiempos de crisis; de pronto la presencia es todo lo
que somos. Todo lo demás retrocede excepto lo que está justo enfrente de
nosotros. Reconocer esto nos abre el potencial para experimentar la vida con
conciencia de la impermanencia y la presencia que ésta ilumina.
Así que el primer punto esencial es la ruptura. El
segundo es vaciar el yo elaborado. Y el tercero es reconocer que nuestra
experiencia está basada en una presencia dinámica y responsiva. Nuestro
objetivo como vajra yoguis y yoguinis es conocer esa base, familiarizarnos con
ella, y aprender a relajarnos en la paz inherente de no saber qué vendrá
después. Cuando lo hacemos -en la medida en que lo hacemos- todo cambia. Ya no
somos esclavos de la angustia primordial.
El experimentar una pérdida puede ser liberador.
Cuando estamos libres de todo nuestro peso psicológico, el peso acumulado de
nuestro impulso cotidiano, tenemos una oportunidad de conocer la presencia en
bruto que queda. Ser un budista es dedicar nuestras vidas a morar en esa
presencia impermanente, vacía y visceral. Podemos soportar con mayor facilidad
aquellas pérdidas que sabemos que vamos a enfrentar inevitablemente porque nos
identificamos con el hilo de consciencia que encontramos en todas ellas. Y
luego, quizás, cuando la muerte se acerca, nos podemos relajar con facilidad en
el campo del ser a medida que dejamos esta piel, finalmente dejamos este
cuerpo, y experimentamos la liberación -estando sin defendernos en el espacio
sin base.
El juego de la experiencia
Longchenpa describió el cuarto punto esencial como
“majestuosa igualdad absoluta- el puro hecho de ser, donde la mente y las
apariencias son primordialmente puras”.
El cuarto punto esencial, por decirlo de un modo
sencillo, es que el mundo que producimos a partir de la pérdida puede ser
creado con un corazón ligero como un estado de juego. Thinley Norbu Rinpoche
escribió, “Los peces juegan en el agua. Los pájaros juegan en el cielo. Los
seres ordinarios juegan en la tierra. Los seres sublimes juegan en el
despliegue”. En el estado en bruto, el estado en el que uno se rompe y se
abre, este lugar donde dejamos ir todos los juegos, hay, de hecho, una gran
sensación de alivio disponible para nosotros, un reconocimiento de que no
tenemos que hacer más eso que hacíamos, o ser aquello. Cuando alguien muere,
¿no vemos de pronto cuán irreales son muchas cosas y cuán visceral es el
espacio que está presente? Puede haber una sensación de llegar al corazón de
las cosas, a una yuxtaposición de lo real y lo irreal. Esa es la belleza de no
aferrarse a una realidad inherente. Si podemos encontrar maneras de romper con
nuestro propio hábito de aferrarnos a nuestra historia de continuidad, de
despojarnos de todo eso -sin tener que esperar hasta perder a un ser amado, o
recibir un diagnóstico terminal de un doctor, o acostarse en esa camilla- entonces
lo que encontramos ahí, en cualquier momento desnudo es un sentido de juego,
instantáneo y creativo. Es esta energía en bruto la que le habló directamente a
Longchenpa: “Todo lo que es -creatividad universal, presencia pura y total- me
tiene como su raíz. El modo en el que las cosas aparecen es mi ser. El modo en
el que las cosas surgen es mi manifestación”.
Emergiendo del bardo, volvemos a entrar al flujo de la
vida con un nuevo sentido de ausencia de suelo: está claro que “más tarde” no
siempre es un lujo que estará a nuestra disposición; también estamos
desconectados del pasado. Eso vuelve al ahora sucintamente disponible. La perspectiva
ganada en el bardo corta a través de preocupaciones insignificantes. Corta a
través de las ilusiones de tal modo que cualquier cosa que contactamos, lo
hacemos con una presencia en bruto, sin la negación de la impermanencia.
Mientras permanezcamos en este estado iluminado, y aún recordemos que el
aferrarnos es fútil, un nuevo tipo de apertura se vuelve disponible para
nosotros. Hemos perdido nuestras ilusiones; amar y vivir ahora es hacerlo con
nada que perder porque, por el momento, lo que realmente importaba ya se
perdió.
La idea Vajrayana de la muerte, el nacimiento y la
reencarnación no se trata solamente de prepararnos para la muerte física, o
para enfrentar la pérdida de nuestros seres amados con rituales y oraciones, o
para tener la actitud correcta al sufrir el duelo y la pena. Es la mensajera de
nuestro ser libre de elaboración, llevándonos al espacio básico del ser puro.
Nos muestra lo que viene tras la ruptura. Lo que quizás sea la cosa más
conmovedora sobre la pérdida de un ser amado es que después de que se ha ido,
la vida simplemente sigue. Simplemente sigue su curso.
La muerte está conectada al renacimiento. La ruptura
del bardo inevitablemente nos guía a lo que viene después. Si apreciamos estas
muertes y renacimientos sucesivos en nuestras vidas, entonces podemos valorar
el bardo por lo que es -la pausa que hace el movimiento aparente, el silencio
que hace que todos los sonidos sean más vívidos, el final que aclara lo que
justamente ahora vamos a empezar. La impermanencia no sólo es una iluminadora
de la pérdida. Es una iluminadora de lo nuevo, del momento presente que se
despliega incesantemente y de su creatividad.
Tradicionalmente, tenemos tres posibilidades
diferentes para lo que sucede después de la muerte. Está el modo standard de
renacimiento con todo esto acumulado, capas voluminosas de propensiones
kármicas. También está el tipo de reencarnación que seres enormemente
compasivos, así como el Dalai Lama y el Karmapa, conscientemente escogen para
el más alto beneficio de los seres sintientes en este mundo. Pero también hay
algo más: esta creatividad más impersonal e incesante que se sigue
multiplicando en modos lúdicos de ser, como la imágen del Avatamsaka Sutra de
un buda radiante rebosando budas por cada poro de su ser, y de cada poro de
cada uno de esos budas, más budas dan paso a otros universos completos del ser.
Esto es la verdadera compasión, una capacidad de respuesta total a lo que está
aquí.
Ese es el tipo de vida después de la muerte que los
practicantes Vajrayana ensayan en el yoga de deidades. Es una práctica de morir
al yo elaborado para surgir en el espacio creativo de la presencia momentánea.
Está cobrando vida, emergiendo con su creatividad pura y primordial en juego en
los campos que se suceden de identidades vacías. Es un tipo de regeneración, un
reciclaje total, un completo emerger y re-emerger.
Es un campo cambiante, porque la compasión responsiva
no es estática; nunca nos metemos al mismo río dos veces. Pero esto no
significa que no hay nada ahí. Tampoco es que haya algo ahí -pero no es nada.
Longchenpa lo llama la “luz clara auto-originada” y dice que en esta luz, “lo
que aparece no se hace concreto ni se le puede enganchar, porque lo que aparece
nunca se convierte en lo que parece ser y es intrínsecamente libre”. ¿Ves? No
es sólo otra construcción. Es la base que no necesita ser elaborada o
mantenida. Es la experiencia misma.
ACERCA DE PEMA KHANDRO RINPOCHE
Pema Khandro Rinpoche es una tulku reconocida en los linajes Nyingma y
Kagyu. Es la fundadora de Ngakpa International y del MahaSiddha Center en
Berkeley, California.
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