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domingo, 18 de septiembre de 2016

Seis tipos de soledad

Pema Chödron


Generalmente, la soledad nos parece un enemigo. El dolor de corazón no es algo que elijamos invitar a nuestra vida.  Es  algo  inquieto  que  nos  quema  y  que  está  preñado  del deseo de escapar y de encontrar algo o a alguien que nos haga  compañía.  Cuando  podemos  descansar  en  el  punto medio,  empezamos  a  tener  una  relación  serena  con  la soledad, una soledad relajante y refrescante que pone nuestros temores totalmente del revés.
   
EN  EL  CAMINO de  en  medio  no  hay  punto  de referencia.  La  mente  sin  punto  de  referencia  no  se resuelve  a  sí  misma,  no  se  fija  ni  se  aferra  a  las  cosas. ¿Cómo podríamos prescindir de todo punto de referencia? No tener punto de referencia es cambiar nuestra respuesta habitual al mundo, una respuesta que está profundamente enraizada: queremos que las cosas vayan en un sentido o en otro. ¡Si no puedo ir a la izquierda o a la derecha me moriré!  Cuando  no  podemos  ir  a  la  izquierda  ni  a  la derecha nos sentimos como si estuviéramos en un centro
de  desintoxicación:  estamos  solos  ante  el  síndrome  de abstinencia  con  todo  el  nerviosismo  que  hemos  estado intentando evitar al ir a la izquierda o a la derecha. Ese nerviosismo puede pesarnos mucho.

Sin embargo, tras años y años de ir a la izquierda o a la derecha, de decir sí o no, de hacer las cosas bien o mal, nada  ha  cambiado  en  realidad.  Bregar  por  conseguir seguridad nunca nos ha traído nada más que una alegría momentánea. Es como cambiar la posición de las piernas en  la  meditación.  Las  piernas  nos  duelen  de  tenerlas cruzadas,  y  entonces  las  movemos  y  pensamos:  «¡qué alivio!»,  pero  dos  minutos  y  medio  después  volvemos  a desear moverlas. Nos vamos moviendo en busca de placer, en  busca  de  comodidad,  y  el  placer  que  obtenemos  es siempre muy breve.

Oímos  muchas  cosas  sobre  el  dolor  del  samsara  y también  oímos  hablar  de  la  liberación.  Pero  no  solemos oír hablar de lo doloroso que es pasar de estar atascado a desatascarse.  El  proceso  de  desatascarse  requiere  de  una gran  valentía  porque  pasamos  básicamente  a  cambiar nuestra  forma  de  percibir  la  realidad;  es  como  cambiar nuestro ADN. Deshacemos con ello un patrón que no es únicamente  el  nuestro;  es  un  patrón  de  la  humanidad: proyectamos  sobre  el  mundo  un  trillón  de  posibilidades de  conseguir  la  solución  a  nuestros  problemas.  Podemos tener los dientes más blancos, el césped sin malas hierbas, una  vida  libre  de  lucha,  un  mundo  sin  vergüenza. Podemos  vivir  felices  para  los  restos.  Este  patrón  nos mantiene insatisfechos y nos causa mucho sufrimiento.

Como seres humanos no sólo buscamos la resolución de las  situaciones  sino  que  también  sentimos  que  la merecemos.  Sin  embargo,  no  sólo  no la  merecemos  sino que  sufrimos  por  su  causa.  No  nos  merecemos  una resolución,  sino  algo  mejor.  Merecemos  el  camino  del medio, que es nuestro derecho de nacimiento, un estado de apertura mental que es capaz de relajarse en medio de la paradoja y la ambigüedad. En la medida en que hemos estado evitando la incertidumbre, es natural que tengamos síntomas  de  retirada,  que  nos  retiremos  de  pensar  que siempre hay un problema y que alguien, en alguna parte, tiene que resolverlo.

El  camino  del  medio  está  muy  abierto,  pero  avanzar por  él  es  duro  porque  atenta  directamente  contra  el núcleo  del  antiguo  patrón  neurótico  que  todos compartimos.  Cuando  nos  sentimos  solos,  cuando  no tenemos  esperanza,  lo  que  queremos  hacer  es  ir  a  la izquierda o a la derecha. No queremos sentarnos y sentir lo  que  estamos  sintiendo.  No  queremos  pasar  por  la desintoxicación; y, sin embargo, el camino del medio nos anima a hacer exactamente eso. Nos anima a despertar la valentía que existe en cada uno de nosotros sin excepción, incluyéndonos a ti y a mí.

La meditación es una preparación para seguir el camino del  medio,  para  estar  exactamente  en  el  sitio.  Se  nos anima  a  no  juzgar  lo  que  surge  en  nuestra  mente;  de hecho, se nos anima a ni siquiera apegarnos a ello. Se nos pide  que  simplemente  reconozcamos  como  pensamiento todo  lo  que  solemos  clasificar  como  bueno  o  malo,  sin todo el drama habitual que acompaña al bien y al mal. Se nos instruye a dejar que los pensamientos vengan y vayan como si tocáramos una burbuja con una pluma. Esta disciplina directa nos prepara para dejar de luchar y descubrir así un estado de ser fresco y sin sesgo.

Ciertos  sentimientos  que  experimentamos,  como  la soledad,  el  aburrimiento  y  la  ansiedad,  pueden  estar particularmente  preñados  del  deseo  de  resolución,  y  a menos  que  podamos  relajarnos  en  ellos,  es  muy  duro permanecer  en  el  camino  medio  cuando  estamos experimentándolos.

Queremos la victoria o la derrota, alabanzas o culpas. Por ejemplo, si alguien nos abandona, no queremos sentir esa  incomodidad  tan  cruda  y  por  eso  invocamos  una  de nuestras  conocidas  identidades  de  víctima  desventurada. O quizá evitemos la crudeza expresando nuestro material reprimido  y  diciendo  a  la  persona  lo  confusa  que  está. Queremos  automáticamente  encubrir  nuestro  dolor,  de una  forma  o  de  otra,  identificándonos  con  la  victoria  o con la victimización.

Generalmente,  la  soledad  nos  parece  un  enemigo.  El dolor de corazón no es algo que elijamos invitar. Es algo inquieto  que  nos  quema  y  está  preñado  del  deseo  de escapar  y  de  encontrar  algo  o  alguien  que  nos  haga compañía. Cuando podemos descansar en el punto medio, empezamos  a  tener  una  relación  serena  con  la  soledad, una  soledad  refrescante  que  pone  nuestros  temores totalmente del revés. Hay  seis  formas  de  describir  esta  soledad  fresca,  que son:  menos  deseo,  contentarse,  evitar  actividades innecesarias,  total  disciplina,  no  vagabundear  por  el mundo del deseo y no buscar seguridad para los propios pensamientos discursivos.

Menos deseo es la voluntad de estar solos cuando todo en  nosotros  anhela  algo  que  nos  anime  y  que  cambie nuestro estado de ánimo. Practicar este tipo de soledad es una  forma  de  plantar  las  semillas  para  que  nuestra inquietud fundamental disminuya. En la meditación, por ejemplo, cada vez que ponemos la etiqueta «pensamiento» en lugar de dejar que nuestros pensamientos no den cien vueltas,  nos  estamos  entrenando  a  estar  presentes  y  no dejarnos disociar. En la medida en que no estuvimos dispuestos a hacerlo ayer,  hace  una  semana  o  un  año,  tampoco  podremos hacerlo  ahora.  Después  de  practicar  «menos  deseo» consistentemente  y  de  corazón,  algo  cambia.  Sentimos menos  deseo  en  el  sentido  de  que  nos  sentimos  menos seducidos  por  los  Importantísimos  Guiones  de  Nuestra Vida. Por tanto, aun en presencia de esta soledad que nos quema,  somos  capaces  de  sentarnos  con  la  inquietud durante  1,6  segundos  cuando  ayer  no  aguantábamos  ni uno. Éste es el camino del guerrero, éste es el sendero de la  valentía.  Cuanto  menos  nos  descentremos  y  nos volvamos  locos,  más  saborearemos  la  satisfacción  y  la frescura  de  la  soledad.  Como  solía  decir  el  maestro  zen Katagiri  Roshi:  «Uno  puede  sentirse  solo  y  no  estar perdido.»

El segundo tipo de soledad es contentarse. Cuando no tenemos nada, no tenemos nada que perder. No tenemos nada  que  perder  pero  estamos  programados  hasta  la médula  para  creer  que  tenemos  mucho  que  perder.  Esta sensación de tener mucho que perder se basa en el miedo a  la  soledad,  al  cambio,  a  cualquier  cosa  que  no  pueda resolverse, a la no existencia; se basa en la esperanza de que  podemos  evitar  ese  sentimiento  y  en  el  miedo  a  no poder convertirnos en nuestro propio punto de referencia.
Cuando  dibujamos  una  línea  por  el  centro  de  una página, sabemos quiénes somos si nos ponemos en el lado izquierdo o en el derecho, pero no sabemos quiénes somos si no nos ponemos en ningún lado. Entonces no sabemos qué hacer; simplemente no lo sabemos. No tenemos punto de referencia, ninguna mano a la que agarrarnos. En ese punto  podemos  perder  el  control,  o  serenarnos  y asentarnos.  Contentarse  es  sinónimo  de  soledad,  de soledad  fresca,  de  asentarse  en  esa  soledad  fresca. Renunciamos  a  la  creencia  de  que  escapar  de  nuestra soledad nos va a aportar una felicidad duradera, o alegría, o  una  sensación  de  bienestar,  o  coraje,  o  fuerza. Generalmente  tenemos  que  renunciar  a  esta  creencia como un billón de veces, hacernos amigos una y otra vez de nuestro miedo y nerviosismo, repetírnoslo un billón de veces con plena conciencia. Entonces, sin darnos cuenta, algo  empieza  a  cambiar.  Podemos  estar  solos  sin alternativa, contentos de estar aquí mismo con el estado de ánimo y la textura de lo que está ocurriendo.

El  tercer  tipo  de  soledad  es  evitar  actividades innecesarias.  Cuando  la  soledad  nos  «quema»,  buscamos algo  que  nos  salve;  buscamos  una  salida.  Sentimos  esta sensación  fastidiosa  que  llamamos  soledad,  y  nuestra mente se vuelve loca tratando de buscar compañeros que nos  salven  de  ella.  Esto  es  lo  que  se  llama  actividad innecesaria: es una manera de mantenernos ocupados para no  sentir  dolor  que  puede  asumir  la  forma  de  fantasear obsesivamente con un romance verdadero, o escuchar los chismes de las noticias de las seis, o incluso salir solos a pasear  por  el  campo.  La  cuestión  es  que  con  toda  estas acciones  estamos  buscando compañía de la manera habitual, empleando los viejos caminos  repetitivos para distanciarnos del demonio de la soledad. ¿Podríamos tranquilizarnos  y  tener  un  poco  de compasión  y  respeto por nosotros mismos? ¿Podríamos dejar de evitar estar solos con nosotros mismos? ¿Y qué tal tratar de no ponernos nerviosos  y  de  agarrarnos  a  algo  cuando  empezamos  a sentir  pánico?  Relajarse  en  la  soledad  es  una  ocupación valiosa.  Como  dice  el  poeta  japonés Ryokan: «Si  quieres encontrar el significado, deja de perseguir tantas cosas.»

La disciplina total es otro de los componentes de una soledad  encajada.  Disciplina  total significa que  en  cada oportunidad estamos dispuestos a volver delicadamente al momento presente.  Esto es la soledad como disciplina total. Estamos  dispuestos  a  sentarnos  en  soledad,  a  estar simplemente allí, solos. No tenemos que cultivar este tipo de  soledad  de  manera  especial;  simplemente  podemos sentarnos  inmóviles  el  tiempo  suficiente  como  para darnos  cuenta  de  que,  en  realidad,  las  cosas  son  así. Estamos fundamentalmente solos y no tenemos nada a lo que agarrarnos. Además, esto no es ningún problema; de hecho,  nos  permite  descubrir  un  estado  de  ser absolutamente  no  manipulado.  Nuestras  suposiciones habituales —todas nuestras ideas de cómo son las cosas— nos  impiden  ver  las  cosas  de  manera  fresca  y  abierta. Decimos: «Ah, sí, ya sé»; pero no sabemos, no conocemos nada íntimamente, no tenemos ninguna certeza respecto a nada. Esta verdad básica resulta dolo rosa y queremos huir de ella, pero relajarnos y volver a algo tan familiar como la soledad es una buena disciplina para darnos cuenta de la profundidad de los momentos irresueltos de nuestra vida. Cuando  huimos  de  la  ambigüedad  de  la  soledad  nos estamos timando a nosotros mismos.       

No vagabundear por el mundo del deseo es otra forma de describir una soledad fresca y encajada. Vagabundear por el mundo del deseo implica buscar alternativas, buscar algo  que  nos  reconforte: alimento,  bebida,  gente.  La palabra deseo indica una cualidad de adicción: es nuestra forma de aferramos a algo porque queremos tenerlo todo bajo  control.  Esta  cualidad  surge  de  no  haber  crecido: seguimos  queriendo  ir  a  casa,  abrir  el  frigorífico  y encontrarlo  lleno  de  nuestras  delicias  favoritas.  Cuando las  cosas  se  ponen  difíciles  queremos  gritar: «¡Mamá!», pero  avanzar  en  el  camino  implica  irnos  de  casa  y convertirnos  en gente  sin  hogar.  No  vagabundear  por  el mundo  del  deseo  está  relacionado  con  la  capacidad  de relacionarnos con las cosas tal como son. La soledad no es  un  problema  ni  es  algo  que  queremos  resolver.  Y  lo mismo  es  verdad  para  cualquier  otra  experiencia  que podamos tener.

Otro  aspecto  de  la  soledad  fresca  y  encajada  es  no buscar seguridad en los propios pensamientos discursivos. Nos han retirado completamente la alfombra de debajo de los pies; se acabó; ¡no hay manera de salirse de ésta! Ya ni siquiera buscamos la compañía del constante diálogo con nosotros mismos sobre cómo son o dejan de ser las cosas, sobre si deben ser o dejar de ser, si deberían o no deberían ser así, si pueden o no pueden ser. En la soledad fresca y abierta  no  esperamos  seguridad  de  nuestro  diálogo interno,  por  eso  hemos  recibido  la  instrucción  de  etiquetarlo como «pensamiento». No tiene ninguna realidad objetiva, es transparente e inasible. Se nos anima a tocar ese parloteo y soltar, sin hacernos mucho lío al respecto. La soledad encajada nos permite mirar nuestras propias mentes  honestamente  y  sin  agresión.  Podemos  ir abandonando  gradualmente  nuestros  ideales  acerca  de quiénes  pensamos  que  deberíamos  ser,  quién  pensamos que  nos  gustaría  ser  o  quién  pensamos  que  los  demás piensan que queremos o deberíamos ser. Renunciamos a todo  ello  y  simplemente  miramos  directamente,  con compasión  y  humor,  a  quiénes  somos.  Entonces,  la soledad no es una amenaza ni un dolor de corazón, no es un castigo.

La  soledad  encajada  no  nos  proporciona  ninguna resolución ni nos pone un suelo bajo los pies. Nos desafía a entrar en un mundo carente de puntos de referencia sin polarizarnos ni solidificarnos. A esto es a lo que se llama el camino del medio o el sendero sagrado del guerrero. Cuando  te  despiertas  por  la  mañana  y  de  repente sientes el dolor de la alienación y la soledad, ¿podrías usar ese momento como una oportunidad de oro? En lugar de perseguirte a ti mismo o sentir que te está ocurriendo algo terriblemente malo, en ese mismo momento de tristeza y anhelo, ¿podrías relajarte y tocar el espacio ilimitado del corazón  humano?  La  próxima  vez  que  tengas  la oportunidad, experimenta con ello. 


De: Cuando Todo se Derrumba. Capítulo 9

lunes, 13 de junio de 2016

Los hechos de la vida

Pema Chödrön




El Buddha enseñó que hay tres características principales de la existencia humana: impermanencia, ausencia de yo y sufrimiento o insatisfacción. Según el Buddha, la vida de todos los seres está marcada por estas tres cualidades. Reconocer que estas cualidades son reales y verdaderas en nuestra propia experiencia nos ayuda a relajarnos con las cosas como son.

Cuando escuché por vez primera esta enseñanza me parecía remota y académica. Pero cuando estuve alentada a prestar atención --por curiosidad acerca de lo que estaba pasando con mi cuerpo y mi mente-- algo cambió. Desde mi propia experiencia pude observar que nada es estático. Mi estado de ánimo está cambiando continuamente como el clima. Definitivamente no controlo qué pensamientos o emociones van a surgir, ni puedo detener su flujo. La quietud es seguida por el movimiento, los flujos del movimiento vuelven a la quietud. Incluso el más persistente dolor físico, cuando le presto atención, cambia como las mareas.

Siento gratitud hacia el Buddha por señalar que lo que luchamos contra todo en nuestras vidas puede ser reconocido como experiencia ordinaria. La vida continuamente va con subidas y bajadas. Las personas y situaciones son impredecibles, como también todo lo demás. Todo el mundo conoce el dolor de conseguir lo que no queremos: Santos, pecadores, ganadores, perdedores. Me siento agradecida de que alguien vio la verdad y señaló que no sufrimos este tipo de dolor a causa de nuestra incapacidad personal para hacer bien las cosas.

Que nada es estático o fijo, que todo es fugaz y efímero, es la primera marca de la existencia.  Es la situación normal de las cosas.  Todo está en proceso. Todo: cada árbol, cada brizna de hierba, todos los animales, insectos, seres humanos, edificios, lo animado y lo inanimado, está siempre cambiando, momento a momento. No tenemos que ser místicos o físicos para saber esto.  Sin embargo, en el nivel de experiencia personal, nos resistimos a este hecho básico. Significa que la vida no siempre va a seguir según nuestro modo. Significa que hay tanto pérdida como ganancia. Y no nos gusta esto.

Cierta vez estaba cambiando de trabajos y de casas al mismo tiempo.  Me sentía insegura, incierta y sin base. Esperaba que dijera algo que me ayude a trabajar con estos cambios, me quejé ante Trungpa Rinpoche acerca de los problemas con las transiciones.  Él me miró fijamente y dijo: "Siempre estamos en transición". Luego dijo: "Si sólo puedes relajarte con eso, no tendrás ningún problema."

Sabemos que todo es impermanente; sabemos que todo se desgasta. Aunque podemos adquirir intelectualmente esta verdad, emocionalmente tenemos una arraigada aversión hacia ella.  Queremos permanencia; esperamos permanencia.  Nuestra tendencia natural es buscar la seguridad; creemos que la podemos encontrar. Experimentamos la impermanencia a nivel cotidiano como frustración. Utilizamos nuestra actividad diaria como un escudo contra la ambigüedad fundamental de nuestra situación, gastando enormes energías tratando de alejar la impermanencia y la muerte. No nos gusta que nuestros cuerpos cambien de forma. No nos gusta envejecer. Estamos temerosos ante las arrugas y la flacidez de la piel.  Utilizamos productos de salud como si en realidad creyéramos que nuestra piel, nuestro cabello, nuestros ojos y dientes, podrían de alguna manera escapar milagrosamente a la verdad de la impermanencia.

Las enseñanzas budistas aspiran a liberarnos de este limitado modo de relacionarse. Ellas nos animan a relajarnos gradualmente y de todo corazón en la ordinaria y clara verdad del cambio. Reconocer esta verdad no significa que buscaremos en el lado oscuro. Lo que esto significa es que comenzamos a entender que no hay ni uno solo que pueda mantener todo junto. No creemos más que haya gente que ha manejado evitar la incertidumbre.

La segunda marca de la existencia es la ausencia de yo.  Como seres humanos somos tan efímeros como todo lo demás. Cada célula en el cuerpo está continuamente cambiando. Los pensamientos y las emociones surgen y desaparecen sin cesar. Cuando estamos pensando en que somos competentes o que estamos desesperados; ¿en que nos basamos?  ¿En este momento fugaz? ¿En el éxito o el fracaso de ayer? Nos aferramos a una idea fija de qué somos y nos incapacita. Nada ni nadie esta fijado.  Si la realidad del cambio es una fuente de libertad para nosotros o una fuente de ansiedad horrible, hace una diferencia significativa. ¿Hace que los días de nuestras vidas agreguen más sufrimiento o aumenten la capacidad para la alegría? Es una pregunta importante.

Algunas veces la ausencia de yo se denomina no-yo. Estas palabras pueden ser engañosas. El Buddha no implicaba que desaparezcamos, que podríamos borrar nuestra personalidad. Como un estudiante una vez le preguntó; "No experimentar la ausencia de yo ¿hace a la vida un tipo de grisura?" No es así. El Buddha señalaba que la idea fija que tenemos sobre nosotros mismos como sólidos y separados entre sí está dolorosamente limitándonos.  Es posible moverse a través del drama de nuestras vidas sin creer tan fervientemente en el personaje que actuamos.  Es un problema para nosotros el que nos tomemos tan en serio a nosotros mismos, que seamos tan absurdamente importantes en nuestra propia mente.  Nos sentimos justificados en estar molestos con todo el mundo. Nos sentimos justificados en denigrarnos o en sentir que somos más inteligentes que otras personas.  La auto importancia nos duele, nos limita al estrecho mundo de nuestros gustos y disgustos. Terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con nuestro mundo.  Nunca acabamos satisfechos.

Tenemos dos alternativas: O bien ponemos en duda nuestra creencia de que no es así.  O bien aceptamos nuestras versiones fijas de la realidad, o comenzamos a desafiarlas.  En opinión del Buddha, prepararse en mantenerse abierto y curioso --  entrenarse en disolver nuestros supuestos y creencias -- es el mejor uso de nuestras vidas humanas.

Cuando nos entrenamos en despertar la bodichitta, estamos nutriendo la flexibilidad de nuestra mente.  En los términos más comunes, la ausencia de yo es una identidad flexible. Se manifiesta como curiosidad, como adaptabilidad, como humor, alegría.  Es nuestra capacidad para relajarse con no saber, no calcular todo lo externo, a no estar en absoluto seguros de que somos - o de que nadie sea tampoco.

El hijo único de un hombre fue reportado muerto en la batalla. Inconsolable, el padre se encerró en su casa durante tres semanas, rechazando todo apoyo y bondad.  En la cuarta semana el hogar el hijo regresó. Viendo que no estaba muerto, la gente del pueblo estaba conmovida hasta las lágrimas. Muy contentos, acompañaron al joven a casa de su padre y tocaron la puerta. "Padre, llamó al hijo, estoy de vuelta." Pero el anciano se negó a responder. "Tu hijo está aquí, no fue muerto," le decía la gente. Pero el anciano no acudió a la puerta. “¡Vayánse y dejenme hacer el duelo!  gritó.  "Sé que mi hijo se ha ido para siempre y no puede engañarme con sus mentiras". Así pasa con todos nosotros. Estamos seguros de quiénes somos y cómo son los demás y esto nos ciega. Si otra versión de la realidad llama a nuestra puerta, nuestras ideas fijas nos impiden aceptarlo.

¿Cómo vamos a pasar esta vida breve? ¿Vamos a fortalecer nuestra capacidad perfeccionada para luchar contra la incertidumbre, o nos vamos a entrenar en dejar ir?  ¿Vamos a aferrarnos tercamente a "yo soy así y tú eres así"?  ¿O vamos a ir más allá de esta mente estrecha?  ¿Podríamos empezar a entrenar como un guerrero, aspirando a reconectarse con la flexibilidad natural de nuestro ser y ayudar a otros a hacer lo mismo? Si empezamos a movernos en esta dirección, comenzarán a abrirse posibilidades ilimitadas.

La enseñanza sobre la ausencia de yo apunta a nuestra dinámica, a nuestra naturaleza cambiante. Este cuerpo nunca ha sentido exactamente lo que está sintiendo ahora. Esta mente está pensando en un pensamiento que, por repetitivo que parezca, no será nunca estar pensando una y otra vez. Puedo decir: "¿No es esto maravilloso?" Pero generalmente no lo experimentamos como maravilloso; lo experimentamos como desconcertante y peleamos por tenerlo. El Buddha fue lo suficientemente generoso para mostrarnos una alternativa. No estamos atrapados en la identidad del éxito o fracaso, o en cualquier identidad en absoluto, ni en términos de cómo otros nos ven ni en cómo nosotros nos vemos.  Cada momento es único, desconocido, completamente fresco. Para un guerrero en formación, la ausencia de yo es una causa de alegría, en lugar de una causa de temor.

La tercera marca de la existencia es el sufrimiento, la insatisfacción.  Como lo dijo Suzuki Roshi, solo practicando a través de una sucesión continua de situaciones agradables y desagradables es cómo adquirimos verdadera fuerza. Aceptar que el dolor es inherente y vivir nuestras vidas desde esta comprensión es crear las causas y condiciones para la felicidad.

Para decirlo de manera concisa, sufrimos cuando nos resistimos a la verdad noble e irrefutable de la impermanencia y la muerte. Sufrimos, no porque somos básicamente malos o merecemos ser castigados, sino por tres malentendidos trágicos.

En primer lugar, esperamos que lo que está cambiando siempre debe ser abarcable y predecible. Nacemos con un deseo por la resolución y la seguridad que gobierna nuestros pensamientos, palabras y acciones. Somos como personas en un barco que se está cayendo a pedazos, tratando de mantenerlo a flote.

La dinámica, la energética y el flujo natural del universo no es aceptable para la mente convencional. Nuestros prejuicios y adicciones son patrones que surgen del miedo a un mundo fluido.  Sufrimos, porque tomamos equivocadamente como permanente lo que siempre está cambiando.

En segundo lugar, procedemos como si estuviéramos separados de todo lo demás, como si fuéramos una identidad fija, cuando nuestra realidad es carente de yo. Insistimos en ser un yo, con Y mayúscula.  Tenemos seguridad de definirnos a sí  mismos como inútiles o dignos, superiores o inferiores.

Perdemos tiempo precioso exagerando o idealizando o menospreciándonos con una seguridad complaciente que sí, que es lo que somos.  Confundimos la apertura de nuestro ser - el asombro inherente y la sorpresa de cada momento – por un yo sólido, irrefutable.  Sufrimos, a causa de este malentendido.

En tercer lugar, buscamos felicidad en todos los lugares equivocados. El Buddha llamó a este hábito "tomar erróneamente el sufrimiento por felicidad," como una polilla volando hacia la llama.  Como sabemos, las polillas no son los únicos que se destruyen a sí mismas con el fin de encontrar alivio temporal. En cuanto buscamos la felicidad, todos estamos como el alcohólico que bebe para detener la depresión que se intensifica con cada trago, o el drogadicto que se sobrepasa para conseguir alivio al sufrimiento que aumenta con cada dosis.

Un amigo que siempre está en una dieta, indica que esta enseñanza sería más fácil de seguir si nuestras adicciones no ofrecieran alivio temporal. Debido a que experimentamos satisfacción efímera con ellas, nos mantenemos enganchados.  En nuestra búsqueda repetida de gratificación instantánea, perseguimos todo tipo de adicciones - algunas aparentemente benignas, algunas obviamente letales – para continuar reforzando los viejos patrones de sufrimiento. Fortalecemos los patrones disfuncionales.

Así nos volvemos menos capaces de vivir con hasta la más fugaz inquietud o malestar.  Nos habituamos a alcanzar algo para aliviar el nerviosismo del momento.  Lo que comienza como un leve cambio de energía -- una tension menor de nuestro estómago, una sensación vaga, indefinible de que algo malo está a punto de pasar -- se intensifica en la adicción. Esta es nuestra manera de intentar hacer la vida predecible.  Porque confundimos siempre lo que resulta en sufrimiento como lo que nos traerá felicidad, seguimos atrapados en el hábito repetitivo de incrementar nuestra insatisfacción. En la terminología budista este círculo vicioso se llama samsara.

Cuando empiezo a dudar de que tengo todo lo necesario para estar presente con la impermanencia, la ausencia de yo y sufriendo, me animo a recordar la advertencia cariñosa de Trungpa Rinpoche de que no existe remedio para el calor y el frío. De que no hay remedio para los hechos de la vida.

Esta enseñanza sobre las tres marcas de existencia puede motivarnos a dejar de luchar una y otra vez contra la naturaleza de la realidad. Podemos dejar de dañar a otros y a nosotros mismos en nuestro esfuerzo por escapar de la alternancia de placer y dolor. Podemos relajarnos y estar completamente presentes en nuestras vidas.


Versión al español, el editor.